MIAMI Â No importa lo que hagan los presidentes de México y Estados
Unidos, los inmigrantes centroamericanos seguirán huyendo de sus países
hacia el norte. Es muy poderoso lo que los empuja a emigrar de Honduras,
El Salvador y Guatemala: violencia brutal, pobreza extrema y cambio
climático. Y es muy atractivo lo que buscan: la posibilidad de vivir en
el país más rico del mundo. El nuevo muro Donald Trump-Andrés Manuel
López Obrador no los podrá detener.
ÂDe morir en Honduras, mejor morir en otro paísÂ, me dijo en
Tapachula, México, un padre que empujaba en una carriola a una niña de 1
año. Él era parte de esa primera gran caravana de unos 7.000
centroamericanos que cruzó México en octubre del año pasado. En ese mismo
grupo había una niña hondureña de 11 años que se quedó en silencio cuando
le pregunté sobre las Maras en su país. Ella, desde pequeña, aprendió a
oler el peligro.
ÂLos delitos violentos son un problema generalizado en Honduras. El
país sigue presentando una de las tasas de homicidios más altas del
mundoÂ, dice el Informe Mundial de Human Rights Watch 2019. No es difícil
entender por qué emigran los hondureños. Si tú tuvieras un hijo
adolescente que está siendo obligado a formar parte de una pandilla o a
una hija que está amenazada de violación, ¿qué harías?
El Salvador sufre un problema parecido, pese a los recientes avances
económicos y de contar con un nuevo presidente, Nayib Bukele. ÂEl
Salvador todavía tiene uno de los niveles de criminalidad más altos a
nivel mundial [...]. El crimen y la violencia aumentan el costo de crear
negocios y afectan negativamente las inversiones y la creación de
empleosÂ, advierte un informe del Banco Mundial.
Y Guatemala, además de sufrir la caída en los precios internacionales
del café, tiene un particular problema de cambio climático: sequías
graves. ÂAquí ya no crece la comida; por eso mandaría a mi hijo al
norteÂ, le dijo una guatemalteca a Nicholas Kristof en una de sus
columnas más recientes de The New York Times. El subtítulo del artículo
resume la historia: ÂUna alternativa difícil para los guatemaltecos: ver
desaparecer sus cosechas y quizás morir con ellas o emigrarÂ. Miles de
guatemaltecos ya han respondido con sus pies, dejando su casa y caminando
al norte. Y muchos más seguirán el mismo camino.
La frontera entre México y Guatemala siempre ha estado abierta. El año
pasado crucé en una balsa el Suchiate Âel río que divide a ambos paísesÂ
y nadie, en ninguna de las dos orillas, me pidió pasaporte. Pero eso
podría empezar a cambiar.
La Guardia Nacional de México es todavía un experimento. Acaba de ser
creada y no ha probado su efectividad. Sin embargo, 6.000 de sus miembros
sí les complicarán el paso a los centroamericanos por el sur de México,
como acordaron recientemente en Washington los representantes de AMLO y
Trump.
México aceptó públicamente convertirse en la sala de espera de Estados
Unidos. A pesar de que, como informó recientemente The New York Times,
esto ha sucedido durante un tiempo. Miles de inmigrantes centroamericanos
tendrán que esperar meses o años en ciudades fronterizas del lado
mexicano para solicitar asilo político en Estados Unidos. Aún no hay un
acuerdo en cómo llamarán a esta nueva política, pero México va a hacer lo
que el presidente de Estados Unidos quería: convertirse en la policía
migratoria de Trump.
Tratará de lograr lo que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos no
pudo hacer. La Guardia Nacional debería dedicarse, principalmente, a
reducir la criminalidad en México en lugar de detener a inmigrantes
centroamericanos inocentes que quieren llegar a Estados Unidos. Más de
14.000 mexicanos han sido asesinados desde que AMLO tomó posesión, entre
ellos el estudiante Norberto Ronquillo Âquien fue secuestrado al salir de
su universidad en Ciudad de México y la comunicadora Norma Sarabia
Âasesinada en la puerta de su casa en el estado de Tabasco, la sexta
periodista en morir este añoÂ. Esta debería ser la prioridad de AMLO.
Pero México está desviando recursos enormes para hacerle el trabajo sucio
a Trump.
Celebro, con todos los mexicanos, que Estados Unidos no impuso
aranceles a los productos de México y que no se haya descarrilado la
aprobación del nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC. Pero me duele
enormemente que México haya cedido a los chantajes de Trump. Y vienen más.
El presidente López Obrador, en una de sus conferencias mañaneras,
dijo que Âvamos a continuar la política de no confrontación con Trump.
El problema es que Trump no sigue esa misma política. El presidente de
Estados Unidos es un Âbully, un abusivo, y ya se dio cuenta de que
México cedió rapidito ante sus presiones y va a seguir usando la misma
estrategia para buscar su reelección hasta noviembre de 2020. México es
el enemigo favorito de Trump. Y ahora ya sabe cómo ganar.
Los grandes perdedores de esta crisis son los centroamericanos,
quienes tienen motivos legítimos para abandonar sus países. Y, además,
hondureños, salvadoreños y guatemaltecos tienen toda la razón en sentirse
engañados. Los primeros días de AMLO en el poder fueron recibidos en
México con los brazos abiertos y con promesas de visas y trabajo. Luego,
sin avisar, México empezó a deportar a miles de personas a sus países de
origen. Y ahora, tras el acuerdo con Trump, la nueva orden es: no hay
paso.
A pesar de las nuevas restricciones, nada puede detener a un padre o a
una madre que quiere salvar a sus hijos. El acuerdo entre Trump y AMLO no
podrá terminar totalmente con esta ola centroamericana. Sí, la pueden
desacelerar. Pero no acabar con ella. Es demasiado poderosa.
En medio de un calor sofocante y un sol castigador, recuerdo el
encuentro en Tapachula, Chiapas, con Óscar, un niño hondureño de 10 años.
A pesar del cansancio, seguía caminando. ¿Qué piensas de Estados
Unidos?Â, le pregunté. ÂQue es bonitoÂ, me contestó. Trump y AMLO tampoco
podrán matar esa esperanza nunca.
