Esto de ser periodista es, muchas veces, un verdadero privilegio.
Puedes ver lo mejor y lo peor de un país en muy poco tiempo. Así, en una
semana, viajé de Guadalajara a Tijuana y, de ahí, a la ciudad de México.
Y lo que empezó como un homenaje al libro terminó en un monumento a la
desigualdad. Les cuento.
No hay nada como caminar entre montañas de libros. En un mundo cada
vez más digital, donde los libros se están convirtiendo en pantallas, hay
algo casi nostálgico en el olor a papel. Por eso la Feria Internacional
del Libro en Guadalajara es, sin lugar a dudas, una de las mejores cosas
de México. Resume  en un laberíntico centro de convenciones  la
cultura, el pasado y las ideas que se nos han ocurrido a los mexicanos en
los últimos años.
Ahí, tocando (y oliendo) libros, recordé una entrevista que le hice en
el 2006 al indispensable Carlos Fuentes. ÂEste es un país con una
sociedad civil muy fuerte, que tiene una cultura muy fuerte y que ha
venido practicando la democracia en mil agrupaciones cívicasÂ, me dijo.
ÂHay una cultura cívica que se ha desarrollado subterráneamente. Este
país tiene una larga tradición de ejercicio democrático que, si no se ha
manifestado siempre en la altura institucional, sí se ha ejercido a la
altura de la cultura popularÂ. Qué rico es México.
El principal problema que uno tiene en la feria del libro es
conseguirse una maleta suficientemente grande para llevarse todo lo que
quieres leer en los próximos meses. Y ese es, digamos, un buen problema.
Bien leído y recargado llegué a Tijuana a cubrir la llegada de las
caravanas de refugiados centroamericanos. Esto es lo que ocurre cuando
gente desesperada toma decisiones desesperadas. Están huyendo de la
violencia de las pandillas, la corrupción y la pobreza extrema. Imposible
culparlos.
Los vengo siguiendo desde que cruzaron la frontera de Guatemala con
Chiapas. Cuando estos inmigrantes, en su mayoría de Honduras, se
enteraron que podían acercarse a Estados Unidos, relativamente protegidos
y sin tener que pagarles miles de dólares a los coyotes, se pusieron a
caminar.
Pero pocas veces he visto sacrificios tan grandes. Acabo de
entrevistar a un padre soltero de 27 años de edad que ha empujado y
cargado por cientos de kilómetros la silla de ruedas en la que viaja su
hija, de 7 años de edad y que sufrió un derrame cerebral. Busca
tratamiento médico para su hija y ya cruzó a Estados Unidos.
Fue frustrante e indignante ver cómo quedó el albergue Benito Juárez
en Tijuana después de un aguacero. Los improvisados techos de plástico no
aguantaron y las pocas pertenencias que trajeron los refugiados quedaron
totalmente empapadas. Había niños enfermos, gente sin zapatos y, a unos
metros, una frontera casi sellada por el presidente Donald Trump.
La mayoría de los inmigrantes ya han sido trasladados a otro albergue,
con techos y más protegido. Otros se están saltando el muro, regresando a
sus países o explorando una nueva vida en México. Miles de mexicanos los
han ayudado durante todo el trayecto con ropa, comida, transporte y
dándoles ánimo. Pero me brincan los gritos e insultos xenofóbicos que
escuche de algunos, pocos, en Tijuana. Eso desafina en un país, como
México, que ha sido exportador de inmigrantes por décadas.
Y de ahí me fui a la ciudad de México a la toma de posesión de Andrés
Manuel López Obrador. Más de 30 millones de mexicanos votaron por un
cambio, y ya se siente.
Pero, más que nada, ahorita nos estamos tanteando. Tantear es una
palabra maravillosa y aplicadísima en estos días en México. Estamos
conociendo los límites del nuevo gobierno y, en algunos casos, se está
ofreciendo (temporalmente) el beneficio de la duda.
La política es brutal. Nadie está más solo en México que un
expresidente. Pero para simbolismos me quedo con la apertura al público
de la que fuera la residencia oficial de Los Pinos (con una superficie 14
veces más grande que la Casa Blanca). Nada como ver, con tus propios
ojos, la desconexión, los lujos y excesos de los exgobernantes pagados,
por supuesto, con los impuestos de todos los mexicanos. ¿De verdad era
necesario el cine privado y un búnker de guerra? Lo normal ha dejado de
serlo.
Así vi tres Méxicos de un jalón.
